Renaces en cada llanto, en cada pedido de ayuda

cautivando el dolor de noches agónicas; 

brindando el canto ideal de la compañía final

rasgando el tiempo, congelando los instantes.

Alcanzas aquella semilla del río de los sueños

llegando al extremo de un sinfín de entregas; 

dibujando con un trazo de sonrisa, la silueta de la vida que se escapa

cual guardián de un templo de realidades libres.

Recorriendo un pasillo desvanecido de histerias

atraviesas, sin caer en el dominio de la oscuridad,

el reflejo del despertar que susurra el aire

dejando la vida, en un beso moribundo y dispuesto a partir.

Detras de la palabra ENFERMERA hay una larga historia, que es bueno repasar. Partamos de su forma y de su significado: en primer lugar, aunque la palabra tiene los géneros masculino y femenino, este oficio ha sido ocupado preferentemente por mujeres; con lo que lo habitual es (ha sido) la enfermera y lo excepcional el enfermero, mientras en el tramo superior, lo normal ha sido el médico y lo excepcional, la médica. Es decir que siguiendo el esquema tradicional, el trabajo de alto nivel lo ha copado el hombre, mientras se ha dejado el de segunda categoría a la mujer.
Esto en cuanto a la forma. En cuanto al significado, es transparente: enfermero o enfermera es la persona que asiste directamente al enfermo y ayuda al médico. El hecho es que el médico (ver web) no consideraba que tuviese que estar junto al enfermo. De hecho se inventó el cirujano (ver web), el trabajador manual, para que cuidase al enfermo y le hiciese las curas. El barbero era el auxiliar natural del médico. La idea de que el contacto del médico con el enfermo tiene que ser esporádico, lo suficiente para poder ejercer de conocedor, pero nunca de cuidador del enfermo, es antiquísima, y sigue manteniéndose en pleno vigor. Para cuidar al enfermo en el hospital o en la cínica, se inventó la enfermera.
Pero no acaba aquí la evolución del nombre y del oficio: hasta los años 60 el ejercicio de las actividades sanitarias auxiliares no estaba regulado por ley. No existía un título profesional de enfermería. Se creó por tanto este título y se le dio consistencia académica. Quisieron darle más categoría a la profesión. Les pareció que el nombre de enfermera y enfermero no tenía suficiente categoría, así que lo cambiaron por el de Asistente Técnico Sanitario (A.T.S.). Fue el tiempo en que a los maestros tampoco les acababa de gustar su denominación profesional y pasaron a llamarse Profesores de Enseñanza General Básica. El caso es que fue creciendo la categoría profesional, académica y salarial de las enfermeras y enfermeros, hasta que los hospitales entendieron que tenían que limitar el número de éstos, y por tanto sus funciones: dejarían de ser las cuidadoras y cuidadores de los enfermos, para convertirse en administradores de inyecciones, medicamentos, responsables de curas menores, controladores de temperatura y presión arterial, etc., es decir que tendrían un contacto con el enfermo en plan de visita de técnico sanitario. Hubo que inventar por consiguiente un nuevo nivel profesional para llenar el hueco que dejaban: el de auxiliares, en dos niveles: el de técnico especialista y el de técnico auxiliar en enfermería, para que se ocupasen del enfermo.
Y, oh paradoja, mientras vamos haciendo maravillas e inventando novedades en el ámbito tecnológico, acabamos siempre en déficit en cuanto a la asistencia directa al enfermo. El paralelo con la enseñanza es perfecto: muchas innovaciones pedagógicas, pero al final si el alumno no funciona, a quien se aprieta y a quien se pide colaboración y responsabilidad es a la familia. En los hospitales acaba siendo también la familia la auxiliar perfecta que se ocupe del cuidado solícito del enfermo, complemento a veces indispensable de la asistencia técnica.

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